Todo iba bien hasta la misa del viernes. Todo iba bien en mi interior, quiero decir... Se ha desestabilizado un poquito. Bueno, en realidad, se ha caído la venda que en cuestión de un mes me había plantado en los ojos.
El viernes pasado estuve en la graduación de Bachillerato en el colegio donde cursé dichos estudios. Los nervios previos son inevitables en este tipo de eventos, más bien por las prisas, los detalles de última hora y esas tonterías, pero bueno, así somos... A estos nervios absurdos se sumaban los nervios bonitos, los nervios por lo que intuía que podía pasar. Y mi intuición no falló: fueron enormes la emoción y la alegría del momento por volver a pisar aquel lugar, por los reencuentros y por la de sonrisas no forzadas que allí hay.
El proceso fue el mismo que en mi graduación: primero una misa, luego la imposición de las insignias, los discursos y el vídeo emotivo recordando la promoción. La misa me tocó, y fue al terminar cuando cayó la venda de la que hablaba al principio: aunque esta vez me quedé sin paz ("Paz, Señor, en el cielo y la tierra..."), las canciones que ocupaban su lugar me movieron el piso (siempre he querido utilizar esta expresión) sobremanera.
Los nervios absurdos derivados en nervios bonitos acabaron en nostalgia al recordar mis dos años allí. Y la nostalgia reabrió por la noche una herida que sé que nunca se va a curar y que aún hoy, a pesar del tiempo, duele muchísimo y me hace llorar en silencio, desconsoladamente. La conclusión fue la misma que hace un par de años: "Mis lágrimas saltan porque he sido feliz. Estoy nerviosa porque he sido feliz. Sonrío porque he sido feliz". Entonces volví a preguntarme porqué, volví a enfadarme con el mundo y me abracé fuerte.
Dice Harper Lee que "nunca se entiende bien a una persona hasta que se examinan las cosas desde su punto de vista". Y desde el mío hay mucho dolor que en su momento amuralló el corazón y me ha convertido en la persona borde, fría, distante y desconfiada que a veces soy. No es lo que quiero, es lo que la experiencia me ha hecho.
El viernes pasado estuve en la graduación de Bachillerato en el colegio donde cursé dichos estudios. Los nervios previos son inevitables en este tipo de eventos, más bien por las prisas, los detalles de última hora y esas tonterías, pero bueno, así somos... A estos nervios absurdos se sumaban los nervios bonitos, los nervios por lo que intuía que podía pasar. Y mi intuición no falló: fueron enormes la emoción y la alegría del momento por volver a pisar aquel lugar, por los reencuentros y por la de sonrisas no forzadas que allí hay.
El proceso fue el mismo que en mi graduación: primero una misa, luego la imposición de las insignias, los discursos y el vídeo emotivo recordando la promoción. La misa me tocó, y fue al terminar cuando cayó la venda de la que hablaba al principio: aunque esta vez me quedé sin paz ("Paz, Señor, en el cielo y la tierra..."), las canciones que ocupaban su lugar me movieron el piso (siempre he querido utilizar esta expresión) sobremanera.
Los nervios absurdos derivados en nervios bonitos acabaron en nostalgia al recordar mis dos años allí. Y la nostalgia reabrió por la noche una herida que sé que nunca se va a curar y que aún hoy, a pesar del tiempo, duele muchísimo y me hace llorar en silencio, desconsoladamente. La conclusión fue la misma que hace un par de años: "Mis lágrimas saltan porque he sido feliz. Estoy nerviosa porque he sido feliz. Sonrío porque he sido feliz". Entonces volví a preguntarme porqué, volví a enfadarme con el mundo y me abracé fuerte.
Dice Harper Lee que "nunca se entiende bien a una persona hasta que se examinan las cosas desde su punto de vista". Y desde el mío hay mucho dolor que en su momento amuralló el corazón y me ha convertido en la persona borde, fría, distante y desconfiada que a veces soy. No es lo que quiero, es lo que la experiencia me ha hecho.






